A quién miras cuando estás encueros

Al rato ya sabes buscar un coche. La película vuelve una y otra vez al mismo estacionamiento: los mismos árboles, la misma grava, los mismos coches o uno menos. No te explica nada. Te enseña a fijarte. Si el coche está ahí, su dueño ya bajó a la orilla, ya se metió al agua o anda entre los árboles.
Es una forma rara de conocer a alguien. Primero reconoces su coche. Luego su manera de nadar. Luego ves dónde se sienta y quién se le sienta cerca. El nombre puede esperar.
Si has ligado alguna vez en un lugar así, ya conoces ese modo de mirar: de reojo, calculando la distancia, sin que se note mucho. La cámara hace lo mismo. Se queda lejos, no se mueve y te deja a ti el trabajo. Tampoco hay música que te diga qué sentir: hay viento, ramas, insectos y agua. Es como estar ahí.
Y pasa algo que conoce cualquiera que se haya quedado horas en el mismo lugar: lo que al principio era fondo (la grava, la maleza, un coche) de pronto es lo único que importa. Basta con que alguien nuevo llegue. O con que alguien no llegue.
Henri, el que se sienta aparte
En la orilla hay un señor que no se junta con los demás. Se llama Henri. Está gordo, está solo, no se mete al bosque y no parece andar buscando sexo. Franck, el protagonista, se le acerca a platicar y entre los dos pasa algo que no tiene nombre fácil: se hacen compañía. Se sientan, se callan, vuelven a hablar. Guiraudie dijo que era una historia de amor sin sexo.
Mientras tanto, a unos metros, está Michel: guapo, seguro, con bigote, el que todos voltean a ver. Franck también. La película pone a los dos en la misma playa y te deja comparar: a quién miras y con quién te quedas.
Henri nos interesa porque se parece a mucha gente que llega a ENCUEROS. No todos venimos sabiendo a qué venimos. Hay quien viene por la película, hay quien viene a ver si se anima, hay quien viene a ligar y hay quien nada más quiere estar sin ropa cerca de otros sin que eso signifique nada. Henri es el que todavía está averiguando qué quiere de los demás. Y aun así se queda.
Henri hace algo que casi nadie hace en el lago: se queda. No se mete al agua a mirar de reojo, no desaparece entre los árboles. Está ahí, con el cuerpo entero, para quien quiera sentarse. Y cuando Franck se sienta pasa lo que pasa entre dos que platican de verdad: aparece algo que no es de Franck ni de Henri, que no estaba antes y que ninguno se puede llevar a su casa. Dura lo que dura la tarde. Es lo más parecido a un vínculo que hay en toda la película, y no hay un solo beso.
Lo rico es no saber

La película se llama como se llama por algo. En el lago todos son desconocidos, y esa es la mitad del gusto. No sabes a qué se dedica el que te mira, ni con quién vive, ni si mañana va a volver. Sabes cómo nada y cómo se sienta. Con eso te armas una historia, y la historia te calienta más que cualquier dato.
Guiraudie entiende eso y lo estira hasta donde aguanta. Durante media película el suspenso es el del ligue: ¿me vio?, ¿se va a acercar?, ¿me va a hablar o se va a hacer el loco? Nosotros, que conocemos ese cosquilleo, lo sentimos con Franck. Y luego, sin mover la cámara ni cambiar la luz, el director le da la vuelta. El mismo no saber que te daba ganas te empieza a dar miedo. Lo perverso es que las ganas no se van.
Esto también pasa en la ciudad

El lago no queda tan lejos. En la Ciudad de México los hombres llevamos más de un siglo haciendo lo mismo: volver nuestro un lugar público a punta de horarios, recorridos y señas. La Alameda es el ejemplo más viejo. Desde finales del siglo XIX ya se ligaba entre sus prados, y Salvador Novo la ponía en el centro de lo que él llamaba el área gay secreta de la ciudad, junto con Madero y San Juan de Letrán. Hasta la estatua de Beethoven que está en una esquina tiene apodo: por la postura del hombre que abraza las rodillas del ángel, la gente le dice el monumento al guagüis. Un siglo de ligue deja marcas hasta en el bronce.
Después vinieron los cines. En los setenta la gente se encontraba en el Roble, el México, el Gloria o Las Américas; más tarde varios se volvieron cines porno, como el Nacional, cerca del metro Pino Suárez, donde la única luz era la de la pantalla y las filas de atrás servían para otra cosa. Y los vapores: los Ecuador, en el Centro, desde los sesenta; los Finisterre, que siguen abiertos. De los Ecuador la gente salía en bolita y por calles concurridas, porque afuera había policías esperando a quién extorsionar. Nada de esto era de noche. Se fabricaba la oscuridad a pleno día: vapor, una cortina, la luz apagada, un rincón del parque.
La palabra cruising llegó a México a principios de los ochenta, con la película de Al Pacino. Por esos años, en el sur de la ciudad, la cantina El Vaquero tenía algo nuevo: un rincón a media luz donde pasaban porno gay y la fila de hombres que miraba la pantalla podía pegarse sin disimulo. Fue de los primeros cuartos oscuros de la ciudad, y nació en un lugar hecho para mirar.
Lo que la película muestra con el estacionamiento y los árboles es eso: un código que no está escrito en ningún lado y que todos los de ahí saben leer. Quién llega, quién ya se fue, quién se mete al bosque con quién. Y también quién pudo haber visto algo.
El código tiene una regla más, y es la que importa para esta película. En la ciudad se decía "los caballeros no tenemos memoria": dos que se conocen y se topan en un lugar de ligue fingen no reconocerse. Pero sí hay memoria. Es la de no delatar al otro. Ese pacto nos protegió durante décadas de policías, jefes y familias. El lago tiene el mismo pacto. Lo que Guiraudie pregunta, y aquí todavía no lo revelamos, es qué pasa el día en que el pacto que te cuida tiene que tapar otra cosa.
Si te quedas con ganas de leer más, hay dos textos que cuentan esto muy bien y están en línea: "Noche y oscuridad en la caza de sexo gay", de Salvador Cruz Sierra (Alteridades, 2024), y la historia de la Alameda como zona de ligue que escribió Sergio Moreno Juárez (La Manzana de la Discordia, 2021). Los dos se leen en una tarde.
⚠️A partir de aquí hay spoilers. Si no la has visto, guarda el resto para después.
Cuando mirar deja de ser ligar
Una tarde, ya casi sin luz, Franck ve desde lejos a dos hombres jugando en el agua. Uno es Michel. Al rato solo queda uno. La cámara no se acerca, no corta, no sube ninguna música. Se queda en el mismo plano abierto con el que llevamos una hora viendo cuerpos. Esa es la trampa: la misma distancia que te servía para ligar sin que se notara ahora te convierte en testigo.
Franck no dice nada. Al día siguiente vuelve al lago. Y se acuesta con Michel.
Aquí la película deja de ser un thriller y se vuelve algo más incómodo. No es solo que Michel sea peligroso. Es que Franck lo sabe, lo sigue deseando y decide callarse. Tres cosas que no deberían caber juntas y caben. Cualquiera que haya vuelto con alguien que ya sabía que le iba a hacer daño reconoce algo ahí.
La vieja receta del suspenso dice que el público debe saber que hay una bomba debajo de la mesa y los personajes no. Aquí la mesa es la playa. Franck y nosotros sabemos lo mismo, y nadie más. Verlo volver cada tarde, estacionarse, bajar a la orilla, platicar con Henri sin decir nada, meterse al bosque con Michel: ese es el suspenso. No es si Michel lo va a matar. Es cuánto va a aguantar Franck con eso adentro.
Y hay algo que sabe cualquiera que haya trabajado con lo que uno siente: lo que no cabe, lo que está fuera de lugar, lo que uno preferiría no haber visto, es justo lo más importante. Franck hace lo que hacemos todos: lo guarda y sigue como si nada. Pero lo guardado no se queda quieto. Sale en el sexo, en los silencios con Henri, en cómo mira el estacionamiento. El lago ya no es el mismo lugar, aunque sean los mismos guijarros y los mismos árboles. Cambió una cosa y cambió todo.
Hay otra sombra, menos dicha: la de una generación de hombres que aprendió que el deseo podía costar la vida. Franck se cuida con unos y no con otros. La película no lo juzga. Nada más lo deja ver.

Luego llega un inspector de policía a hacer preguntas. Nadie vio nada. Nadie sabe nombres. Los caballeros no tienen memoria. El policía no entiende cómo puede existir un lugar donde la gente coge sin saber cómo se llama el otro, y les reclama que no se cuiden entre ellos. Tiene razón y no la tiene. No entiende que el anonimato era parte del trato, ni que ese trato nos ha salvado muchas veces de gente como él. Pero deja la pregunta sobre la mesa: ¿qué nos debemos unos a otros en un lugar al que venimos sin nombre?
El único que sí lo dice en voz alta es Henri. Y es el que lo paga.
Lo que queda cuando se apaga la luz
El final es de noche y casi no se ve nada. Ya no sirve mirar. Franck está entre los árboles y llama a Michel por su nombre, a oscuras. No sabemos si lo llama para que vuelva o para que se vaya, si son ganas o es miedo, o si nada más no quiere quedarse solo ahí. La película termina sin aclararlo, y es lo mejor que hace.
Con eso te quedas: alguien que se pasó toda la película mirando y, cuando más necesita ver, ya no puede. Y con otra cosa, más callada. En todo el lago no hubo nadie que estuviera ahí para Franck cuando lo vio. Nadie a quien decírselo, nadie que lo mirara a él. Henri lo intentó a su manera, y ya sabemos cómo le fue. La película termina con un hombre llamando a otro en la oscuridad, y uno entiende que lleva llamando desde el principio.
Para la sala
Nosotros también nos juntamos en un lugar hecho para mirar y dejarse mirar. Se apaga la luz, nadie trae ropa, hay un desconocido a tu lado. La película nos deja una pregunta que no tiene nada de teórica: ¿qué hacemos con lo que vemos?
Mirar puede ser ligar. Puede ser hacer compañía, como Henri. Y a veces puede ser darte cuenta de que el de al lado no está bien, o de que algo no debería estar pasando. Son tres formas de mirar, y en una sala a oscuras caben las tres.
Cuando vuelve la luz, ¿le viste la cara al de junto o nada más la silueta? ¿Sabes algo de él aparte de cómo se ve sin ropa? No hay respuesta correcta. Pero la pregunta te la llevas a casa, y eso es más de lo que hacen muchas películas.
Siento que le faltó a Franck no era valor sino era alguien. Alguien que estuviera presente de verdad cuando lo necesitaba, con el cuerpo, sin irse al bosque. Eso no requiere ser experto en nada. Requiere quedarse sentado junto al que no está bien y aguantar el silencio. Henri lo hacía todas las tardes. En una sala donde ya nadie trae ropa, prestar el cuerpo de esa manera es, a lo mejor, lo más íntimo que puede pasar.
Nos vemos en la sala.